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jueves, 3 de noviembre de 2016

Um atlas humano da literatura




Comparto una noticia feliz.

El querido Daniel Mordzinski 
publica su primer libro en Brasil: 

A literatura na lente de Daniel Mordzinski 
(Sesi-SP Editora)


Aquí, la nota en el diario EL PAÍS




miércoles, 2 de noviembre de 2016

Dos de noviembre







El suicidio es un acto colectivo, aunque digan lo contrario. Uno es responsable de la vida del otro. A veces es más claro, a veces no. 

Tengo la mejilla sobre la piedra. Debo haberme cortado la cara. La sangre se ha secado y la piel se ha puesto tensa. Siento el hueso contra la piedra, como si no tuviera carne bajo el ojo. Afuera llueve. Por fin. A más calor, más me duele la espalda. Una vez que deje de llover voy a sentir esos tajos tensarse otra vez. No importa. No tengo miedo. 


Oigo que corren afuera. Debe ser un pasillo. Oigo autos, a lo lejos, del otro lado. Si me diera vuelta podría ver, sobre el techo, la luz corriendo por la pared. La luz es fresca. 

Creo que han pasado tres días. Ya vi estas luces. Dos veces. Si quisiera asomarme a la pequeña ventana tendría que saltar. Necesito saber si afuera hay árboles. No pienso en otra cosa. 

El motor para muy cerca. Bajan dos, tres personas. No hay ruido a puertas. Han bajado de un salto. La luz se apaga. Vuelve mi hueso sobre la piedra. Creo que tengo una pierna rota. Oigo voces que se acercan. No por el pasillo. Afuera. Del lado de la ventana. No entiendo lo que dicen. Ya están más cerca. 

–Pidió hacer una confesión completa. 

– ¿Y qué dijo? 

–Nada. Dice que quiere hablar con alguien superior. 

– ¿Y para eso me llamaron? 

–Dice que quiere hacerla por escrito. 

Las voces se pierden. Acomodo una mano bajo el pecho. El peso del cuerpo aplasta el dolor. La puerta se abre. Entran tres hombres. Dos de ellos me agarran las piernas y me hacen girar boca arriba. Creo que grito. 

–Así que el señor quiere hablar con un superior... 

Tengo la boca hinchada. Busco dientes, lengua, labios. Cómo responder. Uno de los que me dio vuelta me agarra por debajo de los brazos y me arrastra hasta la pared del fondo. Me apoya. Apenas veo al que me está hablando. Su cuerpo tapa la luz que llega desde el pasillo. Oigo las voces como si vinieran desde el fondo del agua.

–¿Quién lo agarró?– pregunta un murmullo. 

–El pirata. 

–Qué boludo. ¿Tres días lleva? 

–Sí.


No puedo moverme. El que me apoyó contra la pared ha quedado cerca. Huele a tabaco. Estiro una mano hasta mi boca. Él sigue el gesto y entiende. Mira al de la puerta. Ese cabecea. El que está cerca saca un cigarrillo de la camisa y lo enciende. Me lo lleva a los labios. Los otros dos, los de la puerta, dejan de hablar.

–Bueno, parece que vamos reaccionando. ¿Qué es eso de la confesión? 

El cigarrillo me ayuda. El humo trabaja por dentro. Asiento con la cabeza. 

–Entonces hable y ya. 

No puedo contestar. El que está cerca se incomoda. Probablemente es muy joven. 

–Quiere escribir –dice. 

El de la puerta apenas lo mira. 

–Que lo diga él –y vuelve a poner sus ojos en mí. 

La ceniza del cigarrillo cae sobre mi pecho. La pieza se llena de un olor a metal. 

–Quiero escribir –digo. Tardo mucho tiempo en poder hablar–. Acordarme de todos. 

– ¿Vos te creés que con esta pelotudez te vas a salvar de la máquina? Hablá y listo. Se habla rápido. Para escribir hace falta tiempo. 

–Dos días –digo. Mi propia voz va golpeando las piedras. 

Los dos que están cerca de la puerta vuelven a hablar entre ellos.

–Al Pirata no le dijo nada –suelta una voz sorda–, habría que aprovechar.

–Ustedes son muy blandos –dice el otro–. ¿No querés llevarlo al cine también? 

Se hace un silencio. 

–Probemos. Prometió nombres y datos. No perdemos nada. Recién llegaron otros cuatro. Nos ponemos con esos. Si no cumple, lo bajamos de nuevo. 

Otra vez el silencio. El que está cerca me saca la colilla de la boca. La aplasta contra el piso. Ya no se oye la lluvia.

–Dos días –dice el de la puerta–. Y más vale que escribás mucho porque si no me voy a ocupar yo ¿entendés? No te hagás el vivo. Dos días. 

La puerta se cierra. Me duermo. Sólo puede haber pasado un minuto. Un ruido a metal me sobresalta. Al lado mío está el que me dio el cigarrillo. Deja un cuaderno y una lapicera. La puerta se cierra otra vez. 

El cuaderno es de color marrón. No veo bien. La lapicera es de tanque, una tinta oscura y espesa que marca a fondo el papel. Tengo que recordar. 

Apoyo el cuaderno sobre mis piernas. He subido un poco las rodillas. Creo que he tardado demasiado tiempo en hacer ese movimiento. 

El primer nombre que recuerdo es el de Paula. Ripio. Paula Ripio. Tengo que pensar en otros datos. Si algo no queda lo suficientemente claro van a tirar abajo muchas puertas buscando todas las Paulas que puedan, hasta descubrir la verdad. Tengo que dar detalles, ser exhaustivo, meticuloso. Paula Ripio, treinta y tres años, Castellón 29, Barrio Parque. Escribo algo más abajo. Qué es lo que ha hecho Paula. 

Tengo un momento en blanco. Tomás. Tomás López. Cuarenta y tres. Tengo que ser más preciso. Puede haber muchos Tomás López en la ciudad. Busco en el recuerdo. ¿Cicatriz? Sí. Algo que lo identifique fácilmente. 

Llevo varias horas de trabajo. Ocho nombres. Me duermo sobre el cuaderno. La puerta se abre. El del cigarrillo se acerca. Saca el cuaderno de abajo de mi cuerpo. Lo mira. De golpe ve que tengo los ojos abiertos. 

–¿Terminó?

–No –dice mi voz–. Dos días. 

Oigo sus pasos alejándose por el pasillo. 

Duermo un poco. La mano derecha me duele. Creo que tengo el índice y el pulgar quebrados. Pero escribir no es lo importante. Lo que tengo que hacer es pensar. Todo lo posible. No puede haber errores. 

Amanece. Encuentro dos nombres más pero los descarto. Serían demasiado viejos. Hay viento. 

Lucio Beltrán, cincuenta años. Este sirve. Ingeniero agrónomo. De la Universidad, de la cátedra paralela. Mario Ferrer, veintisiete años. Uno de los más jóvenes. Juega al fútbol en las canchas del Parque. 

Es difícil recordar. Tengo una luz brillante dentro del cráneo. Siento que va empujando mis ojos hacia fuera. Creo que puedo tener hambre. 

Mariel Andrelli, cuarenta y cinco, abogada del fuero penal. Federico Rufino, cuarenta y nueve, empleado municipal. Recursos tributarios. Carla Jerez. Florencia Russo. Estudiantes. ¿Veintisiete? ¿Veintiséis? Alrededor de veinticinco años. 

Ya es de noche. El agua nunca es suficiente. Algo me arde al costado cuando trago. Mi columna debe estar hecha de piedras. Piedras calizas de puntas llenas de luz. Pienso en el río, en el canto rodado. Tendría que saltar para llegar a la ventana. Quiero ver si hay árboles. No puedo levantarme. 

Otra vez amanece. Tengo diecisiete nombres. La desgracia. Quiero revisarlos uno por uno. Que no haya confusiones. Voy pensando en esos ojos, en esas manos de mi recuerdo. Paula Ripio, Tomás López, Lucio Beltrán, Mario Ferrer, Mariel Andrelli, Federico Rufino, Carla Jerez, Florencia Russo, Gabriela Fellman, Daniel Barale, Eva Ceballos, Martín Pliniardi, José Alberto Herrada, Pilar Veronese, Jerónimo Liprandi, Ana María Urtuverre, Carlos Gramajo. 

Diecisiete.

Vuelvo a dormir. 

Oigo luces afuera. La puerta se abre. Entra el del cigarrillo. Se acerca despacio. Debe creer que estoy muerto. Tengo el cuaderno bajo el cuerpo, boca abajo contra la piedra. Apoya una linterna sobre mi cara. Tengo los ojos abiertos. Llenos de luces por dentro y por fuera. 

– ¿Terminó? 

–Sí –dice mi voz. 

–Ya viene el jefe. 

Me levanta. Levanta este cuerpo y lo lleva hasta la pared. Me incorpora un poco. Me da pena. Si tuviera boca, le hablaría. Pero la que tengo sólo sirve para las respuestas. 

Llegan los otros dos. 

– ¿Y? –dice el jefe. 

Como puedo estiro la mano y le entrego el cuaderno. Sonríe. Algo de esa cara en la sombra sonríe. 


–Diecisiete. ¿Todos de acá? 

–Sí.

Bien. Espero que no te hayas hecho el vivo. Cuando terminemos vamos a hablar. A ver qué hacemos con vos. 

La puerta se cierra. Oigo pasos alejándose. Es de noche. Oigo motores que arrancan. Gritos, órdenes. Autos que aceleran. Una tormenta que se arma aquí para desatarse lejos.

No importa. No tengo miedo. Sé que van a volver. Posiblemente al amanecer. Sé que ya no va a haber tortura posible para mí. Sé que estoy condenado a una bala engendrada en la furia de entender la verdad. Una bala en la nuca. 

Oigo los autos que se alejan. El jefe lleva en su mano un cuaderno lleno de datos. Diecisiete nombres. Sonrío, como puedo. Los nombres de casi todas las personas muertas que conozco. 


Eugenia Almeida 

Publicado en La voz del interior



lunes, 31 de octubre de 2016

"Siluetas" - Natalia Aguerre




Feliz de ver la maravilla que hizo Natalia Aguerre, 
estudiante de Diseño Gráfico en FADU (UBA), 
con mi cuento "Siluetas".

Aquí, un link para ver su trabajo para la materia Ilustración, Cátedra Roldán: un libro-álbum ilustrado.





Mi agradecimiento a Natalia, a la Cátedra Roldán y a la gente de Fundación Filba, que siempre está propiciando encuentros conmovedores.

Aquí pueden ver otros trabajos de Natalia y ponerse en contacto con ella





martes, 25 de octubre de 2016

Violencia de género: triste realidad, buena ficción - Daniel Gigena (Ñ)




Violencia de género: triste realidad, buena ficción

Narrativa. Escritoras locales como Nora Domínguez, Alicia Plante y Eugenia Almeida, entre otras, abordan en su obra una cuestión tan difícil como actual.


DANIEL GIGENA

Una certeza recorre las ficciones, no sólo policiales o del género noir, publicadas por escritoras argentinas. En la mayoría, los personajes femeninos son víctimas, muchas veces fatales, de una sociedad regulada por la ideología machista, si no psicopática. ¿Qué resonancias se encuentran entre los hechos consignados de forma diaria y la literatura de varias narradoras? En 2015, la investigadora Nora Domínguez había indicado que los movimientos ficcionales y no ficcionales de la violencia no reducen el horror sino que imponen una atención diferente dirigida hacia distintos flancos: la literatura y la vida no son universos separados. “La literatura ha ido a la par de esos datos y escenas desplegando las ficciones necesarias para trazar el mapa de la política proponiéndose como un campo de fuerzas donde la violencia y el terror desmenuzan aquello que de político contiene esta práctica verbal”, escribía Domínguez. Si bien las mujeres fueron víctimas sacrificiales de la ficción desde Ifigenia en adelante, en la Argentina de hoy las novelas en las que las mujeres mueren de manera violenta afectan de modo diferente el imaginario social.

“En 2011, tres mujeres murieron quemadas por sus parejas: las tres en la misma semana, en distintas ciudades –dice Laura Rossi, que reside desde 2009 en Rosario–. Hubo algo en eso que me llevó a pensar qué pasaría si esos actos fueran legales. Esa inquietud horrorosa fue el origen de mi primera novela, Suturas. Pero no me alcanzó: de ahí surgió Baldías. Creo que necesitaba un abordaje más realista, si se quiere, para descubrir qué era, en el fondo, lo que seguía interpelándome tan profundamente”. Rossi eligió contar la historia por medio de la conciencia de uno de los asesinos. Eso le permitió revelar, indica, “el después: cómo continúa la vida de esos hombres después de haber prendido fuego a sus parejas. Fui siguiendo esas voces, que terminaron en el centro de la novela”.

La nueva novela de Alicia Plante, La sombra del otro, comienza con un descubrimiento macabro que Laura, la protagonista, hace en su edificio cuando saca a pasear a su mascota. “La novela provino de la angustia, ese sentimiento hecho de indignación, dolor e impotencia que nos inunda ante la violencia contra las mujeres –señala la autora–. Trabajé mi historia desde ahí, desde esa angustia que tan bien conocemos. Y mi personaje principal, Laura Requena, que se hace cargo de entender qué pasó y cómo fue que la sangre de Ana brotó, corrió, volvió a manchar la memoria, es, primero, una mujer, y segundo, alguien con agallas”. La formación como psicoanalista de Laura la acerca a los pliegues más oscuros y enfermos del alma del hombre resentido que los diarios íntimos de la víctima revelan. En La sombra del otro la narradora deja intuir que el suicidio es, en verdad, un asesinato a distancia.

Para Melina Knoll, autora de Un perro solo, la violencia de género es sólo una forma de la violencia estructural de la vida social. “El recorte que a mí me interesa es el de la violencia, la que proviene de la desigualdad no sólo de género sino también la desigualdad socioeconómica, que con su escalada se vuelve un flagelo que diezma las relaciones humanas”, dice. Según Knoll, la violencia de género es un enfoque válido para leer las ficciones, pero parcial. En Un perro solo se narra el modo en que procede el círculo de la violencia en las relaciones personales. “No deja de ser también la historia de un hombre, Basquet, violentado por una mujer que, a su vez, fue violentada antes por otros hombres”, señala. En este punto, Rossi disiente con Knoll: “Es un recorte necesario. Eso no quiere decir que otros actos de violencia no tengan la misma importancia ni exijan el mismo repudio. Pero Chiara no mató a palos a su novio, Ángeles no tiró el cadáver de un tipo a la basura, Rosana no le pegó dos tiros a Arce, Wanda no prendió fuego a Vázquez”.

Pero, ¿se exorciza la violencia con la narración de la violencia? “Me parece imposible no percibir la violencia de género que nos rodea –afirma Eugenia Almeida, autora de La tensión del umbral– . Me interesa pensar en los modos que tiene nuestra sociedad de naturalizar lo inaceptable. Cómo cotidianamente hay miles de gestos que de un modo perverso producen esa violencia. Después, una vez al año, la mayoría se cuelga el cartelito de ‘Ni una menos’. Un segundo después vuelven a ser parte de la maquinaria que engendra esa violencia”. Su libro, flamante ganador del premio Transfuge a la mejor novela hispánica en Francia, comienza con una imagen terrible: una mujer apunta a alguien en plena calle y luego se dispara a sí misma. No obstante, la escritora cordobesa es consciente de los estereotipos en que puede caer una ficción orientada a la denuncia: “La literatura es una expresión artística y no debería tener una programática. Cada uno narra la historia que quiera o que pueda. El desafío está no tanto en lo que decimos, escribimos o leemos sino en la enorme brecha que se abre entre lo que se dice y se hace. El problema es la ceguera deliberada y la hipocresía”.

Este año, Luciana de Mello publicó Mandinga de amor, una historia de abuso sexual que se transforma en un romance fronterizo. “El trabajo más difícil que hice con la historia fue contar sin juzgar ni victimizar a los personajes. Y fue difícil, porque estaba trabajando un vínculo de abuso que comienza en la infancia. Lo cierto es que la infancia es el momento de mayor desamparo para la mayoría de los niños: desde el pibe que está trabajando en el subte hasta la nena que se desnuda frente a una cámara web, esta sociedad no para de consumir infancia, de consumir esa inocencia que tanto le gusta resaltar”, dice De Mello. La historia de amor entre sobrina y tío se narra sin una toma de posición explícita. “El peligro de la bajada de línea es nocivo para la ficción. Creo que la violencia es siempre de género, se funda junto con el patriarcado. Así la aplique una mujer contra otra mujer: es la idea del más fuerte haciendo uso y abuso de sus privilegios”, agrega.

En la flamante Cornelia, de Florencia Etcheves, investigadores van tras la pista de la desaparición de dos mujeres jóvenes. “Trabajé más de diez años en la sección policiales de un diario y la violencia de género siempre fue una constante. Los análisis y soluciones para esta situación, que en la Argentina se lleva centenares de vidas de mujeres y niñas cada año, les corresponde a las autoridades. Los periodistas y los escritores estamos para contarlo, denunciarlo y visibilizarlo”, dice Etcheves. Para ella, es inevitable que las narradoras reflejen en sus obras aquello que las conmueve. “Una sociedad en la que se lastima, viola o mata a mujeres y niñas no le es indiferente a la literatura. Si desde la ficción se puede llegar, tal vez, a alguna mujer víctima de violencia machista y colaborar para que se anime a salir de ese círculo de horror, entonces los libros se convierten en algo más que en entretenimiento o cultura, pueden cumplir un rol social”, añade.

Como sostiene Alicia Plante, “la literatura se mete con la vida”. Ya sea para denunciar la injusticia, para cuestionar la realidad o describirla, la ficción permite que la conciencia tenga más poder que el miedo. A las mujeres y a los niños, a los pobres y a todos los abusados del mundo, la literatura acaso los compense con dones bien concretos: un coraje nuevo y una esperanza.






sábado, 22 de octubre de 2016

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del umbral") - BRUNO MOULARY - LE COIN DE LA LIMULE / LE FANZINE






A la suite d'une altercation avec un inconnu, une jeune femme se suicide. Simple fait divers selon la police, mais qui plonge le journaliste Guyot dans une quête obsessionnelle afin de comprendre ce qui a sous tendu ce geste.

Avec L' échange, Eugenia Almeida nous offre un portrait de l'Argentine contemporaine marquée par l'obligation de ne pas convoquer son passé récent, celui d'une effroyable dictature. Chaque individu semble l'outil d'un ensemble, d'un système, qui le dépasse et qu'il ne faut surtout mettre en lumière . 

"C'est une partie d'échecs, quelqu'un qui observe et découvre que son adversaire est particulièrement maladroit, qu'il ne voit pas la totalité du plateau, qu'il n'a pas de stratégie et qu'il perd des pièces" . 

On cherche sans cesse à se construire son histoire, mais les zones d'ombres paraissent encore inexpugnables. L'équilibre tout entier d'un pays semble alors reposer sur cette volonté de faire silence. L'échange est un roman paranoïaque passionnant dans lequel la fiction devient documentaire, tant elle nous dévoile par des chemins de traverse la réalité la plus constitutive, et la plus enfouie, d'un pays.




lunes, 17 de octubre de 2016

"La tensión del umbral" - Finalista del Premio del Lector 2016





Enorme alegría de saber que "La tensión del umbral" 
está entre los finalistas del Premio del Lector 2016.

Como cada año, los lectores pueden elegir su libro favorito 
entre los finalistas y votar online.

Este es el link para poder votar



Estos son los finalistas:



    



     



    


   


 




jueves, 6 de octubre de 2016

Comentario sobre L’échange (La tensión del umbral) - Blog Coquecigrues et ima-nu-ages




L’échange


Roman d’Eugenia Almeida (traduit de l’espagnol argentin  par François Gaudry – le traducteur de qqs Sépulveda, Arriaga etc…) paru dans les Editions Métaillié – toujours bon dans leur choix dans la littérature hispanique.


Difficile de résumer le roman (249 pages aérées) – choisi pour sa 1ère de couv’ intrigante et sobrement belle et l’extrait d’une critique « Vertige narratif admirable et poésie à hautes doses. » – tant il vit de sa construction, de la tension crée par les chapitres courts, le changement de perspectives, de personnages qui apparaissent, parlent, disparaissent (souvent pour toujours, devenus muets parce que 6 feets under), les phrases courtes, très courtes mêmes, les staccatos de mots aussi….ainsi que des silences, des non-dits tapis derrière les ellipses, et les blancs…

Une jeune femme, Julia Montenegro, va menacer à la sortie d’un bar un homme, en plein jour, devant une multitude de témoins, et va – sorpresa –  finalement se suicider (d’une  balle dans sa poitrine).

Le journaliste Guyot (les autres protagonistes sont également désignés par leur patronymes seulement (et auront, comme on le verra au cours du roman, parfois deux de patronymes…) , au passé douloureux , sera envoyé pour un reportage (qui ne sera jamais publié)… mais qui déclenchera une quête obsessionnelle.


(il passera bcp de temps dans une hémérothèque)

Ce que Guyot va remuer la vase autour de cette femme « Guyot accumule des mots, ces gribouillis inutiles qui noircissent les pages immenses que les gens lisent en prenant un café. Tranquillité de savoir qu’on est celui qui lit et qu’on ne fait pas partie de ceux dont il est question dans ce qu’on lit.  » (p.36). et réveiller les fantômes du passé, qui, dans l’Argentine d’aujourd’hui continuent de régner et imprégner toute la société de leurs relents de la Dictature.

Toile de fond – qui ne surgira que vers les dernières pages mais aura imprégné  l’ensemble du roman : la junte militaire au pouvoir (1973 – 1983) avait mis en place un réseau d’adoption d’enfants d’opposants. Ainsi il y avait même une maternité spéciale dans l’Ecole de mécanique de la Marine qui accueillait les femmes (opposantes ou d’opposants) enceintes. Après leur accouchement, les mères étaient exécutées et leurs enfants (des milliers !!!) confiés à des familles stériles de militaires ou de proches du régime. (voir aussi l’article sur le poète Juan Gelman mort en 2004


ou tout sur les grandes-mères de la place de mai.

Mais ce fait n’est qu’un élément dans ce puzzle labyrinthique que constitue le roman et l’investigation du Guyot. …. pour freiner, faire capoter la quête de Guyot, qui recevra un temps un peu d’aide et soutien par une ancienne psychiatre Ostots, et qui verra disparaître des collègues et amis qui de proche ou de loin, directement ou indirectement participent à ses recherches, il y aura un homme dans l’ombre (qui ne se révélera sur les dernières pages seulement)  et qui n’hésite pas à faire taire les hommes, en tuant leurs fils – ou leur chien – si celui-ci est un ersatz filial…. dans la ligne de ce qui se pratiquait dans ces années sombres.

« Il essaie de découvrir quels noms cachent les initiales de chaque dossier. Impossible. Illusoire. Travailler avec ce qu’il a. Des dates. Chercher la plus récente. Mars 2008. 20 mars 2008. Un jeudi. Il a dû se passer quelque chose ce jour-là. (p. 125)

« Il sort en silence. Elle n’arrive même pas à se lever. pour le raccompagner. Elle restera assise dans ce coin de la pièce jusqu’à une heure avancée de la nuit, jusqu’à ce qu’elle puisse assumer qu’elle vient d’entrer en enfer. » (dernière phrase )

Un roman ou on perd les repères parfois mais qui se révèle être comme le chignon hitchcockien de Vertigo… en effet, vertigineux et métaphysique et une nouvelle perle parmi les livres de Métailié.


Publié le 18 septembre 2016 par lorenztradfin




sábado, 24 de septiembre de 2016

Las manifestaciones del humor




El Grupo de Investigadores del Humor (GIH) trabaja desde la Universidad Nacional de Córdoba estudiando las políticas discursivas del humor en la cultura argentina.

Posiblemente el humor sea uno de los fenómenos humanos más difíciles de explicar. Todos creemos  saber de qué se trata. Nos atraviesa, somos parte, somos condición necesaria y sostén. Pero en cuanto uno comienza a preguntar más en detalle, se abre un camino misterioso. ¿Cuál es la relación entre el humor y la risa? ¿Qué es un chiste? ¿Cuál es la diferencia entre sarcasmo e ironía? ¿El humor siempre cuestiona el poder? ¿Cuáles son los límites que cada cultura se impone en lo risible? 

Desde 1998, el Grupo de Investigadores del Humor (GIH) se plantea preguntas como éstas y propone hipótesis que podrían servir como respuestas. Hace un dibujo del campo, del territorio. Integrado por profesores de Letras, Lenguas y Comunicación Social, becarios y doctorandos de la Universidad Nacional de Córdoba, el GIH estudia los discursos humorísticos desde una perspectiva sociosemiótica. Han publicado cuatro libros. Entre ellos, el Diccionario crítico de términos del humor y breve enciclopedia de la cultura humorística argentina.

Para conocer el trabajo que hace este equipo de investigadores conversamos con su directora, la Doctora Ana Beatriz Flores.

–¿Cómo trabaja el GIH?
–Como grupo de investigación hemos transitado por la literatura, la escena, la publicidad, el humor gráfico, la cultura infanto-juvenil, los rituales y prácticas populares, desde fines del siglo 19 a la actualidad. Y siempre nos hemos preguntado: “¿qué puede el humor?” Consideramos al humor como una lente privilegiada para el estudio de una cultura ya que se produce, precisamente, como una respuesta no habitual, rupturista o cuestionadora de las reglas que la rigen: los discursos hegemónicos y sus condiciones de posibilidad, de producción y de recepción, las reglas de interacción social, de géneros discursivos, de lenguaje, de cierta racionalidad. La ruptura con las reglas pone de manifiesto lo que está naturalizado, automatizado en una cultura. El proyecto en el que trabajamos actualmente se llama “Políticas del humor en la cultura humorística argentina. Innovación y tradición.” El corpus ha sido construido con amplitud témporo espacial e incluye producciones más recientes e innovadoras en teatro cordobés, literatura nacional para adultos, literatura cordobesa, literatura para niños, stand up y humor gráfico junto a las resignificaciones de antiguas prácticas como el carnaval en los barrios cordobeses, el “velorio del angelito” o el humor gráfico de principios de siglo 20.


Al hablar, Flores tiene un inusual equilibrio que conjuga erudición, claridad y un profundo deseo de compartir. Tiene también algo propio de los niños: esa curiosidad infinita y no domesticada, ese deslumbramiento ante el mundo. No es extraño que se haya interesado en estudiar un aspecto de lo humano que exige permanente flexibilidad. El humor revela que lo vital no está en lo fijo, en lo cristalizado, en lo establecido sino en la ruptura, en la grieta, en ese relámpago que ilumina todo por un segundo. Ya no se vuelve a la misma oscuridad; se ha visto otra verdad de las cosas. 

–¿Cómo abordan el estudio del humor?
–Nos interesa trabajar desde la interdisciplina. Un equipo de investigación orientado a los estudios del humor permite construir esto que llamamos “cultura humorística”, que es un constructo epistemológico. Y si uno construye este objeto y lo proyecta históricamente dentro de la cultura argentina, lo proyecta en el tiempo y a diversos espacios de producción con diferentes soportes, es posible tener un conocimiento más completo de la complejidad de manifestaciones de determinadas épocas; tanto en el corte sincrónico de una época como en la participación en una tradición humorística de la que se puede hacer una genealogía. Esto permite rastrear ciertas características propias de la cultura que van reapareciendo y emergiendo en diversas épocas y que constituyen una especie de tradición. Por eso nuestro actual proyecto de investigación habla de “innovación” y “tradición”. Porque no existe una sin la otra. Ambas son muy valiosas para conocer una cultura. Nos interesa ver cómo en determinados momentos los discursos del humor no sólo producen cambios sino que funcionan también como síntomas de cambios que se dan en la sociedad. Muchas de las grandes transformaciones en el arte y en la cultura han tenido su primera manifestación en el humor. Por eso es importante seguir de cerca esas manifestaciones, porque ahí están apareciendo los síntomas. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué es lo que está apareciendo? ¿Qué es eso que todavía no tiene una representación establecida y esclerotizada sino que aparece en toda su pluralidad y dinamismo?

–¿Y qué hay de nuevo?
–¿En la cultura argentina? Ciertos rasgos. Uno de ellos es la “desdiferenciación”. Se trata de ubicarse frente a los marcos enunciativos en una posición desde la cual se elabora algo con nuevas gramáticas, totalmente diferentes, y sin embargo se sigue participando de ese mismo ámbito, de ese mismo marco.

–¿Algo disruptivo que no llega a romper el límite de la estructura general?
–Exacto. Un caso concreto: Aira contra la institución literaria; la institución literaria en su seriedad, en su realismo de la representación. Pero también Aira haciendo literatura y, quizás, más literatura que nunca. Otro de los rasgos es lo que, tomando un término de Gombrowicz, podríamos llamar “aniñamiento”: una percepción del mundo desde lo infantil, un esquematismo en el que ingresan todas las sensaciones sin el filtro de los hábitos de percepción y de lo estipulado.


A lo largo de la charla, la Doctora Flores irá presentando ejemplos de lo que dice. Los nombres que da ponen en evidencia que el GIH no es uno de esos equipos que sólo conocen el interior de su propia universidad. Emanuel Rodríguez, Diego Capusotto, Las Pérez Correa, el Teatro Minúsculo, el grupo de Stand up “De parado”, César Aira, Alberto Laiseca, Elisa Gagliano, Jorge Monteagudo, Juan De Battisti, Liniers y  Ham se van mezclando para crear un mapa de eso que el grupo llama la “cultura humorística argentina”. 

–Si tuviera que explicarle a una persona que desconoce esta área de trabajo ¿cómo le explicaría qué significa estudiar el humor? ¿Qué es concretamente lo que estudia?
–Diría que estudio esa forma de respuesta placentera que libera de las coerciones abriendo la posibilidad de un juego a partir del cual algo nuevo es posible aunque no termine de configurarse como tal sino sólo abriendo la posibilidad de alguna otra cosa, de algún otro orden, que no necesariamente es un orden sino algo que está minando los órdenes de lo social.


Ana Flores ha ido diciendo esas palabras con un ritmo y una cadencia que hace pensar en un jardinero que busca, entre las hojas, una hierba en especial. Ha ido encadenando ideas. Y cuando termina, sonríe. Sí. Ha podido nombrar algo tan inasible como la esencia del humor. 



Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Revista Ñ





jueves, 22 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del umbral") - Christophe Gilquin (PARIS) Librairie L'Arbre à lettres





"C'est un très bon roman noir, bien noir et glaçant, et il y a une tension, une mécanique implacable qui fait qu'on ne peut pas le lâcher."



Christophe Gilquin
(PARIS)
LIBRAIRIE L'Arbre à lettres

domingo, 18 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´Échange ("La tensión del umbral") - Nadège Badina (GRENOBLE) - LIBRAIRIE Le Square




-C’est un suicide. 
-Etiologie douteuse. 
-Vas-y. Tu jettes un coup d’œil et après on voit.  

Guyot journaliste opiniâtre ne va pas s’arrêter là. 

De son écriture sèche, Eugenia Almeida le fait scruter, à l’affût de ce qui peut corroborer la suspicion. D’une langue métaphorique, elle le fait avancer à tâtons et à l’instinct. Dans un style plein de fureur retenue, elle ouvre péniblement ses yeux sur un monde sans signification : la pire sensation est de vouloir comprendre. Alors, il se perd dans l’hémérothèque et sa compilation d’articles. Il se plonge dans les cahiers de Julia et ses jeux de langues singuliers. Il s’évapore au côté d'Ostots et ses mouvements de mains agrippées aux verres de vodka. Soudain, les cadavres s’accumulent, les ellipses se substituent aux dialogues; l’intrigue faussement beckettienne est devenue ruban de Moebius énigmatique. 

En installant une atmosphère de terreur sourde, Eugenia Almeida illumine d’une chose obscure qui se déplace parmi les ombres, les drames de l’Argentine. L’Echange, la lueur d’un cauchemar. Percutant.


Nadège Badina
(GRENOBLE)
LIBRAIRIE Le Square


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´échange ("La tensión del umbral") - Vincent Ladoucette (Librairie Privat)




Je viens de terminer L'Echange, que j'ai trouvé magnifique (il fait partie de mes favoris de cette rentrée, indéniablement).


La très belle écriture d'Eugenia Almeida, à la fois factuelle et extrêmement poétique, sert parfaitement ce roman à la noirceur implacable. Les passages composés presque exclusivement de dialogues apportent beaucoup de profondeur au récit et l'intrigue, qui semble simple à première vue, se révèle rapidement riche et complexe, grâce aux nombreuses ramifications que le lecteur découvre progressivement. Les résonances politiques, liées à l'histoire de l'Argentine, sont, quant à elles, passionnantes. Les ombres semblent s'étendre et tout recouvrir, mais certains personnages tentent de s'opposer à la violence et au silence, tels Guyot et Ostots qui, malgré leur fragilité, ne peuvent se résoudre à laisser la mort de Julia inexpliquée, et leur acharnement à comprendre est de toute beauté.

L'Echange est un très grand roman, grâce à l'approche formelle originale et à la manière remarquable avec laquelle Eugenia Almeida traite la question du Mal."



Vincent Ladoucette
(TOULOUSE)
LIBRAIRIE Privat


lunes, 12 de septiembre de 2016

Comentario sobre L´échange (versión francesa de "La tensión del umbral") - Voyages au fil des pages



 « Il y a des choses qu’on ne comprend pas », et qui devraient peut-être rester incompréhensibles. Comme un suicide, par exemple. En l’occurrence, celui de Julia Montenegro, qui s’est tiré une balle dans la poitrine après avoir menacé un homme avec son revolver. A la sortie d’un café, en plein jour, devant plusieurs témoins. Pourtant, ceux-ci sont incapables de décrire l’homme en question, parti sans demander son reste. Mais après tout, quelle importance, c’est un suicide, « un épisode confus, sans danger pour les tiers », et sans enquête policière. Mais un homme veut comprendre : Guyot, journaliste, cherche à savoir qui était cette jeune femme qui semble n’avoir ni famille ni passé, et tente de remonter la piste de l’inconnu qu’elle a mis en joue avant de retourner son arme contre elle. Cet homme a la clé, est la clé…

Photos aux silhouettes découpées, journaux archivés aux pages arrachées, la vérité est dans les espaces vides, dans les silences : « Il restera dans la brume de ceux qui ont compris quelque chose d’essentiel, quelque chose qui se trouve à la racine, qui explique tout et qui, cependant, ou peut-être pour cela même, ne peut se traduire en mots ». Guyot s’entête, trouve le fil d’Ariane et le suit, sans se demander s’il va le mener vers la sortie du labyrinthe ou dans l’antre du Minotaure. Braqué sur son objectif et aveugle à tout ce qui n’explique pas la mort de Julia, il explore la limite entre suicide et meurtre et ne se rend pas compte que, dans sa quête, il réveille les fantômes du passé. Menaces, passages à tabac, assassinats, les victimes collatérales s’accumulent. Parce que le passé, en Argentine, n’est pas réellement passé, et nombreux sont ceux qui ont encore intérêt à garder leurs secrets bien enfouis dans la boue.

Cette histoire est sombre et oppressante comme l’atmosphère qui régna en Argentine pendant les années de dictature. Dans l’ombre, le terrorisme d’Etat à l’oeuvre pendant cette période a survécu à l’avènement de la démocratie, et tire encore les ficelles des institutions, engluant dans sa toile nauséabonde la police, la justice, la politique et les médias.

Ce roman magistralement construit fait la part belle aux dialogues secs, tendus, sans fioritures, et enchaîne les chapitres, assez courts, en alternant les points de vue, et crée ainsi une impression d’urgence à peine respirable. C’est à la fin du roman que le titre (français) prend tout son sens, qui vous glace le sang. Le lecteur a observé les protagonistes avancer en parallèle vers leurs objectifs contradictoires, et, sur la ligne d’arrivée, contemple la photo-finish, qui est floue : qui a vraiment gagné ?

Dans un entretien au journal argentin Pagina/12 du 27 juillet 2015, Eugenia Almeida disait que pour elle, « le passé n’est pas passé. S’il explique notre présent et conditionne notre futur, il n’est pas passé ». C’est tout le malheur des protagonistes de ce roman, et de l’Argentine.