miércoles, 10 de febrero de 2016

Más liviano que el aire - Federico Jeanmaire





El poder del amo 


Una puerta cerrada con llave. Del lado de adentro está Santi, un chico de 14 años que trató de robarle a una viejita y terminó encerrado en el baño. Del lado de afuera esta Faila, la víctima inicial que ahora se ha convertido en victimario. ¿Cuánta violencia cabe esperar de este escenario?

La anciana ha traído una silla para sentarse cerca de la puerta. Tiene 93 años. La soledad la ha desquiciado y por fin, inesperadamente, ha logrado lo que quería: tener a alguien que la escuche. El que ese alguien esté ahí en contra de su voluntad es un detalle menor, algo que ella intentará desdibujar una y otra vez. Faila pretende contarle a su prisionero algunas cosas que nunca ha compartido con nadie. Y le advierte que sólo va a liberarlo cuando haya terminado de relatar su historia.

De a poco, quien parecía una víctima indefensa se convierte en un verdugo implacable con tonos dulces que estremecen. Todo lo que oímos es la voz de Faila, aunque puede sentirse la presencia de Santi en las huellas que deja en lo que dice la vieja. Las respuestas, las réplicas, los silencios. Todo eso delata la presencia de otro a quien no se le da la palabra.

Lo que Faila quiere contar es la historia de su madre, Delita, una señora de la “alta sociedad porteña” que murió en circunstancias oscuras, en un aeródromo de Buenos Aires.

Son cuatro días en los que Santi estará encerrado y Faila contará lo suyo haciendo pausas para tomar té, dormir la siesta, desayunar, hacer las compras, cocinar y ver el noticiero.

La construcción de Faila como “una viejita” se vuelve siniestra cuando con sus frases amables (como al decir “hasta lueguito” antes de ir a prepararse una sopa) invisibiliza el escenario de dominación que ha construido. Pero rápidamente la violencia se hace explícita también en el discurso. Es posible hacer un vocabulario de insultos recurriendo a algunas de las cosas que la protagonista le dice a su prisionero: tarado, bandido, irrespetuoso, desagradecido, delincuente, negrito de mierda, escoria, basura, porquería de ser humano, sanguijuela, parásito, lacra humana, desastre, enfermo moral, avivado, flojo, cobarde, maricón, quisquilloso, resentido, desfachatado, bruto, estúpido, diablo y animal.

Faila es una ferviente militante de las concepciones binarias y maniqueas que separan el mundo en “nosotros” y “ellos”. Se dedica con entusiasmo a reproducir una maraña de lugares comunes sobre las supuestas diferencias de valor entre los hombres y las mujeres, los rubios y los morochos, los ricos y los pobres, los que toman té y los que toman mate, los civilizados y los bárbaros. El personaje funciona casi como un manual de estilo de cierto proyecto de país.

La anciana se considera una suerte de fuerza civilizatoria que pretende poner orden en una vida de barbarie. Una tirana que sólo desea aplicar su pequeño proyecto pedagógico, su acto de salvación. Y por supuesto, cree que Santi debería agradecerle que ella lo esté “cuidando” y “educando”. Incluso llega a decirle que está haciéndole un favor al tenerlo encerrado “adentro del bañito.” Todas esas expresiones sirven para tapar lo que en realidad sucede: un adolescente ha querido robarle, ella ha logrado atraparlo y, en lugar de llamar a la policía, ha decidido secuestrarlo y obligarlo a fingir que disfruta estar ahí. Las principales amenazas son que nunca va a salir o que no va a recibir comida. Como un entrenador de perros, ella dosifica la comida para “recompensar” o “castigar” cada una de las reacciones de su presa.

La historia será cada vez más oscura. Ambos personajes son el resultado de cierto estado de cosas. La violencia del robo y la violencia del secuestro: un chico y una vieja que no deberían haber entrado en la lotería de disputarse los roles de víctima y victimario.

Con un final que es mejor no adelantar, Más liviano que el aire también habla de las relaciones entre la mentira, la verdad, la ficción y los relatos que construimos para explicarnos el mundo.

Federico Jeanmaire nació en Baradero en 1957. Antes de dedicarse totalmente a la escritura trabajó como desgrabador de entrevistas, lechero, recolector en la vendimia, vendedor ambulante y profesor.

Más liviano que el aire obtuvo el Premio Clarín en 2009. Según Pablo de Santis, uno de los integrantes del jurado, la novela muestra “una puerta cerrada como metáfora de un mundo cerrado, asfixiante. Un diálogo imposible que se convierte en el monólogo alucinado de una vieja loca; como una Scherezade de pesadilla, la narradora habla para no morir”.

La noche en que se le entregó el premio, el autor dijo: “A mí, lo que me interesa es lo solos que vivimos todos y lo difícil que nos resulta comunicarnos, y que es esa soledad la que termina por generar violencia”. De todo eso habla esta novela que acaba de reeditarse.


Eugenia Almeida

Publicado originalmente en Ciudad X





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