viernes, 29 de junio de 2018

Comentario de Manuel Allasino (La tinta) sobre "El colectivo"



“El colectivo”, la alteración de la rutina rompe la armonía


Por Manuel Allasino para La tinta


“El colectivo” es la primera novela de la escritora cordobesa Eugenia Almeida publicada en 2009. Ambientada en un tranquilo pueblo a mediados de la década del setenta, el relato describe cómo un buen día el colectivo deja de parar y con ello viene la furia, la sospecha, la envidia y la pérdida de la armonía.

El colectivo, está amasada a partir de pequeños gestos, casi intranscendentes, pero con una prosa de frases cortas y rítmicas que calan bien hondo. Día tras día, el colectivo pasa de largo, eso inquieta a los pueblerinos. El chivo expiatorio es una pareja de jóvenes que están de paso y se hospedan en el hotel del pueblo. Con climas muy bien creados y logrados, Eugenia Almeida aborda los años de última dictadura argentina en un pequeño pueblo que no es ajeno a la violencia que se respira en el país.

“El primer día llegaron al hotel a tiempo para que Victoria tomara el colectivo de las ocho. Diez minutos antes de cumplirse la hora, Ponce vio los faros doblando por el camino que sale de la ruta. La luz anticipó la curva y el abogado bajó a la calle de tierra. El colectivo aceleró levantando polvo y quebrando la música eterna, incansable, agresiva, de las chicharras. Ponce se dio vuelta para ver las luces traseras del colectivo yendo hacia la ciudad. Las mujeres quisieron hablar pero el hombre marcó el silencio con un gesto. Esperen acá. Empujó la puerta del hotel y buscó a Rubén, que estaba por las mesas del fondo. -¿Quién maneja hoy? –Castro, el de Aguas Ciegas. –Ciego es él, que no me vio. Desde que Pérez se fue, andan todos mal. -¿No lo vio? –No, pasó de largo. Ponce gritó y salió del hotel. Las mujeres se callaron cuando la sombra de él se alargó hasta tocarles los pies. –Nenita, vas a esperar hasta mañana, ¿sabes? Victoria asintió con la cabeza y miró de reojo a Marta, que seguía sonriendo.  El abogado cruzó las vías y mientras oía el cuchicheo de su mujer y su hermana pensaba en las luces traseras del colectivo. “Este Castro es un idiota. Si no me hubiera visto no habría acelerado. No quiso parar”. Por la calle de la izquierda aparece Gómez en su bicicleta y al verlos volver les grita: -¿Qué, se arrepintieron? –y pedalea con fuerza mientras levanta la mano para saludar. Ponce quiere gritarle pero la voz le sale baja, leve, inaudible. –No, no quiso parar. Se da cuenta de que Gómez no lo oyó y ya ve su espalda y su nuca una cuadra más allá. Desde ahí no se ve la bicicleta negra y parece que el hombre pedalea en el aire. Ponce saca un cigarrillo del bolsillo y lo enciende. Al llegar a su casa espera a las mujeres para que entren primeras”. 

El colectivo, es una novela muy dialogada, pero al mismo tiempo tiene grandes espacios de silencio y reflexión. Posee la marca de la dictadura, dónde está ambientada, pero también del presente; una huella de la dictadura que está muy fresca y latente.

Todos los personajes tienen algo en común, prefieren ignorar el dolor, hacer de cuenta que no existe, pero eso como se sabe, es imposible. En un pueblo chico se nota más, las lenguas se sueltan con el mismo ímpetu con que el viento levanta el polvo.

“La cena era igual a otras tantas en las que Ponce se había mostrado cortés como una forma de agradecer a sus tíos el apoyo que le habían dado. Cortés pero molesto por dentro. Sabía que estaban orgullosos de él pero se sentía un animal de circo. Expuesto ante los ojos de los vecinos notables, mostrando lo que habían logrado hacer del huerfanito. Ponce oía tramos de la conversación, se concentraba sólo si alguien, con un gesto, decía una palabra que lo incluía. Sonreía y hacía un comentario. Cuando sirvieron el postre, el doctor Gallo le preguntó cuáles eran sus planes. Se sintió feliz. Detalló, palabra por palabra, la carta que le habían enviado desde un famoso estudio de abogados en Buenos Aires. Lo invitaban a formar parte del equipo y lo esperaban en quince días. Ponce se relajó y habló con los invitados como si fueran amigos desde siempre. Explicó que su sueño, desde el primer día en la facultad, había sido ése: trabajar en un estudio de Buenos Aires. Pero nunca pensó que podría hacerlo con abogados tan prestigiosos. El hecho de que fueran ellos quienes lo buscaran lo hacía sentir orgulloso. La carta decía que habían seguido su desempeño en la facultad y que estaban impresionados. Dos profesores habían enviado notas de recomendación a ese estudio sin que él les hubiera pedido nada. Ponce estaba transformado, sonreía y movía las manos al hablar. Parecía un chico. Nadie hubiera dicho que su sobrenombre era <<el fúnebre>>. Recibió felicitaciones de todos y sintió, con placer, los hilos de envidia que se cruzaban debajo de la mesa. Él iría a Buenos Aires, a la capital. Tendría su estudio, su nombre se iría convirtiendo en una palabra importante. Quizá llegara a senador. Ya estaban terminando el café cuando la señora de Camena dijo: -Doctor Gallo, su enfermera le comentó a mi cocinera algo que me sorprendió. -¿Sí? –Le dijo que usted había ido a la casa del juez Flores. –Ah, sí, a mí también me sorprendió cuando me llamaron. Ponce trató de recordar de dónde le sonaba ese apellido, por qué le resultaba familiar. –Martita estaba mal. Ponce empezó a sentirse sofocado. –Qué injusta es la vida, a esa criatura que es un ángel. ¿Y qué le pasaba? –La verdad es que no sé. Si no fuera Marta Flores yo diría que está embarazada. -¡Doctor! –gritó la señora Camena. ¿Cómo se le ocurre una cosa así? ¡Martita Flores! –Ya sé, ya sé, por eso estoy confundido. Me doy cuenta de que es imposible. Siempre ha sido el ejemplo de todos. Tan callada, tan correcta, tan bien educada. Ya lo sé, pero bueno, tuvo varios episodios de nauseas, ha estado muy pálida, con sudores y enfriamientos repentinos. No sé, quizás esté preocupada por algo y eso la ha afectado. -¿Preocupada? ¿De qué podría preocuparse Martita? Tiene todo. Acaba de volver del internado, ya terminó la escuela. Es hija del juez. Es bonita, muy culta. ¿Sabe que habla tres idiomas? Y toca el piano. Dicen que el padre quiere casarla con un médico de Buenos Aires. Un hombre elegantísimo, muy reconocido en la capital. Ponce ya no escuchaba. Miraba fijo un punto en su mano derecha. -¿Estás bien, Antonio? Reaccionó como si hubiera resbalado de un lugar demasiado alto y no tuviera tiempo de acomodarse antes del golpe contra el suelo. –Sí, tía. Pero estoy muy cansado. Si ustedes me disculpan, quisiera retirarme. -¿Cómo, no tomás una copita en el escritorio? –No, tío, gracias, el viaje fue muy largo”.

La alteración de la rutina, el colectivo que siempre pasa, pero ahora no se detiene en la parada prevista, desata la circulación de viejos rencores entre los vecinos del pueblo. Las diferencias de clase están muy bien subrayadas, las vías del tren son las que se encargan de dividir tajantemente: del “lado de acá”, las fuerzas vivas del pueblo, la gente bien, decente y trabajadora, y del “otro lado”, las putas, los delincuentes, los borrachos y los vagos.

“Cuando arranca la tardecita, en muchas casas familiares se bañan y se disponen a salir. Sin que nadie se haya puesto de acuerdo, muchos han pensado lo mismo: ir a ver el colectivo. Preparan las mejores ropas, lustran los zapatos, se hacen rodetes con spray o se peinan a la gomina. Se frotan con fuerza el cuello con agua de Colonia. A eso de las siete Rubén se asoma a la calle a ver qué pasa. Se ha ido juntando gente alrededor del hotel. El hotelero saluda y se pasea entre las familias. -¿Cómo les va? ¿Andan tomando fresco? –No –dice la señora González. Venimos a tomar el colectivo. Rubén mira a la gente que lo rodea. Treinta, cuarenta personas vestidas para salir. -¿Todos? –Se sonríe. No van a entrar. Cada uno de los que están ahí sabe que no vienen a tomar el colectivo. Van a verlo pasar a toda velocidad. Pero nadie quiere reconocer que está ahí para eso. –Qué bárbaro -dice el hotelero. Es la primera vez en mi vida que veo tanta gente esperando. Los de la empresa van a estar chochos. A las siete y media bajan de su cuarto el viajante y su pareja. Rubén los invita con una copa y les pide que esperen adentro. –Miren, hay tanta gente afuera esperando el colectivo que va a parar sea como sea. Ustedes quedensé acá y yo los vengo a buscar. –Pero esa gente vino hoy. Y nosotros esperamos desde anteayer. No vamos a ir parados. –No se preocupe, señor. Yo conozco al chofer. Voy hablar con él y le voy a explicar la situación. Les va a dar buenos asientos. Castro es un hombre muy correcto. Cuando Rubén se oye a sí mismo nombrar al chofer, siente la certeza de que el colectivo no va a parar. ¿Por qué dijo Castro? Hoy debería pasar Fernández. A Castro recién le toca mañana otra vez. Sale del hotel y se abre paso entre la gente. Desde la parada ve cruzar a los Ponce. El doctor está enojado, eso se nota de lejos. Apenas se acerca, finge tranquilidad. –Bueno, Rubén. Esta noche me va a ver. Para mí que antes no me reconoció. –Después hablamos, doctor. –No creo que hoy pase por el bar. No se ofenda, pero apenas mi hermana se vaya me vuelvo a descansar. –Después hablamos. –Me voy a poner bien en la ruta. Hoy traje mi sombrero. Esta mañana me di cuenta de que a lo mejor no me reconocieron porque estaba sin sombrero. Bueno, pero ahora lo solucionamos, cuando vean que soy yo… Se oye un grito. Hay chicos jugando en la ruta. La que grita es una madre.  En medio de la oscuridad, el colectivo acelera. Las ventanas cerradas y las luces apagadas. Ponce empieza a mover las manos con insistencia, se saca el sombrero y lo agita por arriba de la cabeza. –Soy el doctor, soy el doctor –grita en voz baja. Es un segundo en que el colectivo pasa como un disparo y todos quedan tapados de tierra. Victoria agarra su bolso preparándose para volver. De dentro del bar sale corriendo el viajante. –Pero es estúpido usted –le grita a Rubén. Acabo de ver cómo pasaba el colectivo y usted no hizo nada. -¿Y qué quería que hiciera? –Que lo parara. Éste es un pueblo de locos. Acá pasa cualquier cosa y nadie hace nada. Desde atrás se oye la voz de Ponce que dice por lo bajo: -no puede ser que me hayan confundido, no puede ser que no hayan visto que era yo”. 

El colectivo, la primera novela de Eugenia Almeida, cuenta con un lenguaje que puede parecerse a una maquinaria de opresión. La herida de la última dictadura está a flor de piel. Se muestra con una prosa exquisita, los hilos de la violencia que pueden surgir en los lugares menos sospechados.



*Por Manuel Allasino para La tinta




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